jueves, 9 de mayo de 2013

En busca de la Generación Perdida


Confesiones de un pequeño filósofo: ¿Dónde están los grandes artistas cuándo más les necesitamos?

Azorín, y con él toda una Generación de autores lograron, a través de la literatura poner en pie una España hundida. ¿Queda en esta grave crisis algún lugar para la cultura?

1898. El hundimiento del  Maine. España pierde los últimos restos de un Imperio en el que nunca salía el sol, algo que da lugar a una crisis profunda a la que parece imposible hacer frente. Pero no todo es derrota ni el negro es infinito. En mitad de este panorama social y político, nace un grupo de ensayistas, poetas y escritores que a través del arte y la reflexión intentan reconducir al país por lassendas de un futuro mejor. Estamos ante unos hombres que, tras la Restauración de Cánovas del Castillo, vieron sus esperanzas personificadas en la proclamación de la Segunda República, una hija a la que escucharon morir entre los gritos de un Guerra Civil.
Estos autores, que nacieron a partir del denominado Grupo de los Tres (Azorín, Baroja y Maeztu) comienzan a desarrollar un estilo crítico y regeneracionista con  la concepción tradicional de lo viejo y lo nuevo: no romper con el pasado, sino corregirlo. Para ello emplean un pilar fundamental: La Institución Libre de Enseñanza, de Giner de Los Ríos. Su tarea constituye un repudio indirecto a la enseñanza oficial, ineficaz e insuficiente y sujeta a intereses políticos y religiosos. Esto me suena. Nacida en 1876 de la mano de un grupo de catedráticos que buscaban separase de la Universidad Central  de Madrid, defendió la libertad de cátedra, así como se negó a ajustar sus enseñanzas a cualquier dogma oficial.
La Generación del 98, un claro ejemplo de como la cultura, el arte, la educación y los medios de comunicación unidos (publicaban la mayor parte de sus artículos en la Revista de Occidente)  pueden hacer grandes cosas y llevar a un país, hundido en la miseria y muy por detrás del resto de Europa, hacia un escenario de esplendor: la Segunda República.
Uno de estos revolucionarios fue sin duda José Martínez Ruíz, personaje que ha quedado completamente oscurecido tras la sombra de Azorín,  el escritor eclipsado capaz de lograr la más absoluta belleza a partir de palabras claras y concisas. El precursor del estilo periodístico. Unión de mente y literatura. Nacido en una familia acomodada, podemos distinguir a lo largo de su vida una evolución política algo peculiar, lo que condicionó también su forma de escribir y su concepción del mundo: de anarquista a caballero conservador pasando por escéptico.  Pero siempre fiel a la cultura y la educación como motor de progreso. “Somos lo que leemos”, solía decir. 
Azorín, el escritor. José el pensador: “Lector, yo soy un pequeño filósofo; yo tengo una cajita de plata de fino y olorosos polvo de tabaco. Quiero evocar mi vida”.  Así es como este gran autor comienza a impartir una gran lección. Porque al fin y al cabo eso es lo que mejor define aConfesiones de un pequeño filósofo y al mismo Azorín:una gran lección. De moral y esencia, de belleza a través de la palabra.
A modo de biografía, Azorín construye a lo largo de 14 capítulos, que corresponden a distintos momentos de su vida, una forma de concebir el mundo. A través de hechos muy concretos, a veces en forma de frases, “Yo no sé lo que tiene este chico” o “Es ya tarde”, consigue abordar temas universales, así como describir la España más castiza que pedía a gritos una modernización.
Un autor capaz de hacer de lo más sencillo lo más hermoso, de lo más simple lo más profundo. De una ventana aislada en una colina cualquiera de un monte cualquiera, evocar la propia razón de la existencia, Un ejemplo a seguir para cualquier periodista que se precie. Obsesionado con el paso del tiempo, es a la vez culto y coloquial, filósofo y amigo. Reproducir la melancolía que le causa el momento de incertidumbre en el que vive con un lenguaje apto para todos. Esa es su principal misión.
Pero ¿Dónde quedan ahora esos Azorines? ¿Esos mesías de la cultura dispuestos a sacar a un país de las sombras tenebrosas?¿Dónde está la Generación de la crisis económica más dura del siglo XXI? ¿Y qué tiene el arte que da tanto miedo?
Porque Azorín, y con él toda una Generación de intelectuales y artistas vieron caer a un país, fundieron todas sus fuerzas y conocimientos para hacer muchos de sus sueños y propuestas realidad, lo lograron, y al final de sus vidas la Guerra Civil arrasó con todo. Pero lo consiguieron, con la educación como principal argumento y sus obras como gran herramienta, lo consiguieron.
¿Y ahora qué? No siempre cualquier tiempo pasado fue mejor. De pozos mucho más profundos hemos logrado flotar. Pero si nos arrebatan las herramientas que una vez usamos difícilmente podremos avanzar.
Necesitamos pequeños y grandes filósofos. Necesitamos ideas y ganas de poner a un país de pie. Necesitamos libros. Necesitamos cuadros. Necesitamos Azorines. Necesitamos que una Generación Perdida nos haga ver la luz.

La mujer del espejo


Eric Emmanuel Schmitt nos obsequió con una visita por la capital española y no precisamente para hablar de su nuevo libro, La mujer del espejo


El pasado 20 de febrero, el escritor francés Eric Emmanuel Schmitt vino a Madrid para presentar su última novela, La mujer del espejo, una narración feminista que cuenta la historia de tres mujeres situadas en épocas y lugares distintos, pero con algo en común: rechazan su imagen ante el espejo. Cuando se miran en él, no ven el reflejo de ellas mismas, sino que se encuentran con las mujeres que la sociedad quiere ver.
Pero este no es el caso, o al menos no en este artículo. Y es que, lo que en un principio parecía iba a ser un tostón - un tío durante una hora vendiéndonos su nuevo libro-, fue mucho más allá. Los franceses, al contrario que los españolitos, NO vienen a hablar de su libro. Por supuesto que en la sala, oyentes con un auricular que tradujese lo que el escritor decía había pocos. La mayoría del aforo lo completaban franceses. ¿Qué pintamos españoles en la presentación de un libro francés? Por favor. Y menos mal, porque allí Schmitt habló de todo, de todo menos del libro. El autor dio una lección de vida a partir de su experiencia como escritor, como persona, como filósofo. Contó cómo pasó de ser ateo a creer en Dios gracias a una noche perdido en el Sáhara; que el secreto de su escritura está en la empatía, en el poder ponerse en lugar del otro para comunicar; que el optimismo es la actitud fundamental para encararse a la vida; y que la humildad y la tolerancia son los principales ingredientes de cualquier forma de vida. En definitiva una charla filosófica en la que el objetivo principal de la visita a nuestro país, vender el libro, pasó a un segundo plano. Y ninguna referencia a la situación de crisis actual o a los más desfavorecidos, tan de moda últimamente.
Contó cómo pasó de ser ateo a creer en Dios gracias a una noche perdido en el Sáhara; que el secreto de su escritura está en la empatía, en el poder ponerse en lugar del otro para comunicar; que el optimismo es la actitud fundamental para encararse a la vida; y que la humildad y la tolerancia son los principales ingredientes de cualquier forma de vida.
Sin duda la mejor forma de reivindicar por qué la educación, y con ella la literatura y la cultura, han de ser las bases de cualquier sociedad. Nada de hacer de ellas un instrumento contra el poder político, como ocurrió en la pasada gala de los Goya.
Son necesarias porque nos hacen seres críticos. Este es el papel fundamental de los artistas y pensadores. Solo así demostrarán por qué merecen voz – que no voto-.
Ahora bien yo me pregunto ¿ante una sala llena de españoles cogidos al azar, podrían haberse tratado los mismos temas con la misma libertad? La respuesta es probablemente no, y el problema es que la culpa no es nuestra, sino de quienes nos educan – el Estado y los políticos cómo no-. Nos enseñan a ver lo que ellos quieren que veamos: blanco o negro y no hay más. Da miedo que seamos capaces de ver la luz de la Caverna de Platón.
En España “venimos a hablar de mi libro”, a vender tinta porque sí, y si para llenar el bolsillo tenemos que hablar de unos sobres de un tal Bárcenas que no vienen al caso, pues lo hacemos. Desde luego que así nos va.