jueves, 9 de mayo de 2013

La mujer del espejo


Eric Emmanuel Schmitt nos obsequió con una visita por la capital española y no precisamente para hablar de su nuevo libro, La mujer del espejo


El pasado 20 de febrero, el escritor francés Eric Emmanuel Schmitt vino a Madrid para presentar su última novela, La mujer del espejo, una narración feminista que cuenta la historia de tres mujeres situadas en épocas y lugares distintos, pero con algo en común: rechazan su imagen ante el espejo. Cuando se miran en él, no ven el reflejo de ellas mismas, sino que se encuentran con las mujeres que la sociedad quiere ver.
Pero este no es el caso, o al menos no en este artículo. Y es que, lo que en un principio parecía iba a ser un tostón - un tío durante una hora vendiéndonos su nuevo libro-, fue mucho más allá. Los franceses, al contrario que los españolitos, NO vienen a hablar de su libro. Por supuesto que en la sala, oyentes con un auricular que tradujese lo que el escritor decía había pocos. La mayoría del aforo lo completaban franceses. ¿Qué pintamos españoles en la presentación de un libro francés? Por favor. Y menos mal, porque allí Schmitt habló de todo, de todo menos del libro. El autor dio una lección de vida a partir de su experiencia como escritor, como persona, como filósofo. Contó cómo pasó de ser ateo a creer en Dios gracias a una noche perdido en el Sáhara; que el secreto de su escritura está en la empatía, en el poder ponerse en lugar del otro para comunicar; que el optimismo es la actitud fundamental para encararse a la vida; y que la humildad y la tolerancia son los principales ingredientes de cualquier forma de vida. En definitiva una charla filosófica en la que el objetivo principal de la visita a nuestro país, vender el libro, pasó a un segundo plano. Y ninguna referencia a la situación de crisis actual o a los más desfavorecidos, tan de moda últimamente.
Contó cómo pasó de ser ateo a creer en Dios gracias a una noche perdido en el Sáhara; que el secreto de su escritura está en la empatía, en el poder ponerse en lugar del otro para comunicar; que el optimismo es la actitud fundamental para encararse a la vida; y que la humildad y la tolerancia son los principales ingredientes de cualquier forma de vida.
Sin duda la mejor forma de reivindicar por qué la educación, y con ella la literatura y la cultura, han de ser las bases de cualquier sociedad. Nada de hacer de ellas un instrumento contra el poder político, como ocurrió en la pasada gala de los Goya.
Son necesarias porque nos hacen seres críticos. Este es el papel fundamental de los artistas y pensadores. Solo así demostrarán por qué merecen voz – que no voto-.
Ahora bien yo me pregunto ¿ante una sala llena de españoles cogidos al azar, podrían haberse tratado los mismos temas con la misma libertad? La respuesta es probablemente no, y el problema es que la culpa no es nuestra, sino de quienes nos educan – el Estado y los políticos cómo no-. Nos enseñan a ver lo que ellos quieren que veamos: blanco o negro y no hay más. Da miedo que seamos capaces de ver la luz de la Caverna de Platón.
En España “venimos a hablar de mi libro”, a vender tinta porque sí, y si para llenar el bolsillo tenemos que hablar de unos sobres de un tal Bárcenas que no vienen al caso, pues lo hacemos. Desde luego que así nos va.

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